No soy religiosa, tampoco sé por qué doy explicaciones, como si me las estuvieran pidiendo. No soy religiosa, pero entré a esa iglesia con mi mamá. Es la iglesia de la plaza de Bolívar, en Armenia, la ciudad en la que nací, pero también la ciudad que no me conoce, ni yo a ella. No lo suficiente, como para saber por dónde meterme si hay trancón, qué transitar y qué evitar. Aunque no es menos importante que conozca los lugares donde cumplo mis antojos, como la pizza hawaiana, o en el centro, donde hay una frutería, pero yo voy por los pandebonos y los buñuelos. O a donde Delio, un restaurante que queda sobre la carretera, que recibe miles de personas para almorzar hasta que se le para a uno el ombligo.
Me fui por una rama que, como verán, me apasiona. Pero volviendo a la tierra en la que nací y que siento que estoy reencontrando (me) y reconociendo (me), es lo mismo que pienso cuando pienso en mis padres, luego de llevar casi 2 décadas viviendo en otro país. Parafraseando la canción… “No soy de aquí ni soy de allá”, y aquí le doy un giro, porque sí tengo una edad y pensaría que tengo porvenir, pero, ¿qué es el porvenir?, pienso. El diccionario dice:
“1. m. Suceso o tiempo futuro.
2. m. Situación futura en la vida de una persona, de una empresa, etc.”
Yo lo veía asociado a algo positivo, un buen porvenir, en todo caso. No lo sé, pero prefiero no ponerme fatalista.
Volviendo a la primera rama, esa por donde arranqué este escrito: no soy religiosa, pero cuando entramos a esa iglesia de la plaza de Bolívar, lo primero que me llamó la atención fueron los vitrales (¿vitrales se llaman esas hermosuras de colores?). El ruido de la plaza, del pleno centro de la ciudad, se desvanecía por completo… Mi mamá ya estaba al fondo de la iglesia, arrodillada.
Mientras caminaba hacia el altar, sola, sentí cómo mi cuerpo se relajaba de tal manera que quisiera poder ponerlo en palabras.
Seguí caminando hasta que llegué a la primera fila. Me senté y pensé: ¿qué tal si me arrodillo? Recordé los domingos de la niñez y la adolescencia, que ir a la iglesia sí era una obligación y, por supuesto, el cuerpo rígido se ponía incluso desde antes de entrar, porque no había plan más aburridor y más deprimente que ir a misa los domingos. Si ya de por sí los domingos pesan, imagínate para un adolescente. Ahora que lo pienso, creo que lo que me consolaba de esos mediodías eran las obleas, pero no las ostias sino las que vendían afuera de la iglesia, que les ponían arequipe, mora y queso.
Esta vez el cuerpo me mostró otra cosa. Y me arrodillé, sentí cómo podía inhalar proooofundamente y exhalar. Nadie a mi alrededor escuchaba mi respiración y, si así lo fuera, tampoco me importaba; éramos mi cuerpo y yo en estado de calma absoluta. Y además de sentir placer por retomar una inhalación profunda sin que algo se me atasque en el pecho, sentí gratitud.
Lo que pensé cuando estaba ahí, era que no tengo que ser religiosa para permitirme entrar a lugares que, de primera, rechazo. Que, aunque sea paradójico, una iglesia puede invitar a bajar un cambio. Segundo, que no soy una persona religiosa, -repito, quién sabe por qué-. Pero puedo decir con absoluta claridad que soy una persona agradecida. Y ese momentico, arrodillada como las viejitas o incluso mi mamá, pude volver a respirar:
Reconocerme en el presente
Soltar el peso del tiempo

